La ciencia de ser amable

Las buenas obras no son solo para el alma; podrían ser la clave de nuestra supervivencia.

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Publicado por Lisa Bendall

Tia Geminiuc, productora de seguros, hacía una breve escala en una farmacia cuando oyó a una mujer mayor que pedía instrucciones para llegar a una residencia para ancianos. Tia trató de explicarle la ruta en ómnibus, pero era obvio que el viaje sería complicado. Así que le dijo a la mujer: “Si no le molesta, yo la llevaré hasta allá en mi auto.” Hacerlo la obligaría a desviarse y la haría llegar tarde a una reunión importante con un cliente, pero Tia cree en hacer algo por los otros. “El sentimiento que experimentamos cuando le alegramos a alguien el día es algo que no se puede comprar”, dice. Camino a la residencia, la mujer mayor le explicó que se dirigía allá para visitar a su marido. “Gracias a que la llevé, pudo pasar dos horas más con él — dice Tia—. En ese momento, ella me necesitaba más que cualquier otra persona”. Es hermoso pensar que hacemos buenas obras solo porque nos gusta “alegrarle a alguien el día”, pero debe de haber un motivo más profundo. Los comportamientos humanos han evolucionado a lo largo de miles de generaciones, y no persisten a menos que apoyen nuestra supervivencia. “La selección natural minimiza cualquier acción que beneficie a otros aunque no sea oneroso para nosotros, a menos que haya beneficios compensatorios”, dice la psicóloga Pat Barclay, de la Universidad de Guelph.

Así, ¿qué puede enseñarnos la ciencia acerca de por qué nos resulta tan natural el altruismo?
Para empezar, es posible que los actos de bondad sean una forma de interés propio que se basa en la convicción de que lo que es bueno para uno es a la larga bueno para todos. “Hay pruebas de que la gente tiende a corresponder cuando alguien la ayuda”, explica Marylène Gagné, psicóloga social de la Universidad Concordia de Montreal. “Quizá no le devuelvan el favor a la persona que los ayudó, pero se lo hacen a otros. Las personas sienten que deben algo. La sociedad se vuelve más cohesiva, y todo el mundo se beneficia”. Para Tia, que hace poco derrotó al cáncer, esto tiene mucho sentido. “Nunca sabes cuándo vas a necesitar ayuda”, explica. La experiencia de haber pasado por sus tratamientos y su recuperación, dice, cambió sus prioridades. “Me siento muy bendecida por haber sobrevivido a todo esto”.

Ayudar a otros también podría volvernos más afortunados en el amor. En un estudio publicado a principios de este año, la psicóloga Barclay demostró que, cuando se trata de formar relaciones serias, los hombres y las mujeres prefieren a parejas altruistas. “En una relación de largo plazo, es más probable que te beneficies de alguien que tenga una buena naturaleza —dice Barclay—. Deseas un compañero que siempre esté a tu alcance, que se preocupe por tu bienestar y el de tus hijos”. Esta es la misma razón por la que los individuos altruistas son deseables como amigos. Las personas los eligen como tales porque tienden más a ser cooperadores. La investigación de Barclay muestra que, además de ser beneficiosos en las relaciones personales, estamos más dispuestos a confiar nuestro dinero a las personas a las que consideramos altruistas. El altruismo también eleva la autoestima de la gente, dice Pamela Cushing, antropóloga cultural en la Universidad de Ontario Occidental. “La mayoría de nosotros nos preguntamos: ¿Valgo lo suficiente? ¿Soy importante? ¿Sirve de algo que esté en el mundo?” Si ayuda a los demás, es mucho más probable que la respuesta sea “sí”.

Pero, ¿por qué generan las buenas acciones emociones tan poderosas en el bienhechor? Los investigadores creen que es una recompensa evolutiva. Las buenas acciones nos conectan con otros en nuestras comunidades: si alguna vez ha tomado un guante o una bufanda que se le cayó a alguien en la calle y le devolvieron el favor con una amplia sonrisa o un “gracias”, puede haber sentido ese vínculo, una pequeña euforia y la sensación de que el mundo era un poco menos hostil. “Creo que tenemos un impulso innato de conectarnos con los demás. Es parte de nuestro carác- ter porque aumenta nuestras probabilidades de sobrevivir como individuos —dice la psicóloga Gagné—. Cuando realizamos estas acciones, satisfacemos esa necesidad”.

En pocas palabras, estamos bien cuando hacemos el bien. “Por eso nos sentimos a gusto cuando le sostenemos la puerta a alguien para que pase”, dice Gagné. Realizar un acto de bondad produce una actitud positiva y aumenta el bienestar y la autoestima. “Nos motiva a hacer estas cosas otra vez”.

“Diane parecía iluminarse durante mis visitas, y yo siento que eso le hizo tener una mejor calidad de vida. Si me preguntaran cuáles son los recuerdos de los que más me enorgullezco, yo diría que dedicar tiempo a Diane, lo que siento que nos trajo alegría a las dos.” (Jennifer Acres)

“No se trató solo del dinero, sino de un acto que restauró mi fe en la humanidad en un tiempo en que tenía serias dudas acerca del mundo en que vivimos. Me mostró que el mundo todavía tiene personas buenas, corazones generosos y acciones desinteresadas. Algún día, cuando surja la oportunidad, yo haré otro tanto.” (Jennifer L.Black)

“Cuando las personas se ofrecen a ayudar, esto crea un efecto dominó que va más allá del proyecto específico. Cuando otros ven que la gente abre su corazón para ayudar al prójimo, esto siembra en ellos la semilla de que tal vez puedan hacer algo similar. Y nos abrimos más a las oportunidades de usar nuestras habilidades y talentos en favor de otros.” (Patrick Carr de Hillsborough)

Vía Selecciones

 

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